Descubrí a Seydou Keïta cuando en un taller con Ricky Dávila alguien mencionó unos documentales que el Canal Odisea había emitido un tiempo antes. Se llaman “Los Genios de la Fotografía” y os aconsejo que hagáis como yo y busquéis la forma de verlos pues son sumamente interesantes. Pues bien, en el capítulo cuatro, de un total de seis que forman la colección, fue donde por primera vez oí hablar de Keïta y vi sus fotografías. Ni que decir tiene que me entusiasmé.

Varios amigos y seguidores me han preguntado de quién era la fotografía de la mujer con el vestido de rayas que hay en la cabecera de mi página y eso es lo que me ha llevado a cerrar el año con este autor, fallecido en el 2001, y que en mi opinión es uno de los grandes retratistas del siglo XX y probablemente el más importante del continente africano.

Seydou Keïta nació en Bamako, Mali, en 1921. Cuando contaba catorce años un tío suyo que había viajado a Senegal le regaló su primera cámara, una Kodak Brownie con la que empezó a practicar al tiempo que aprendía el oficio de carpintero en el negocio familiar. Al principio se limitaba a fotografiar a su propia familia pero poco a poco empezó a hacerlo a amigos, algunos vecinos y otras personas que éstos traían. En 1949 compró una cámara de gran formato que fue con la que trabajó a partir de ese momento.

El resultado de sus retratos, revelados por contacto, es realmente extraordinario, sobre todo teniendo en cuenta que sólo realizaba una toma de cada hombre, mujer, o grupo familiar.

El estudio de Keïta pronto empezó a tener fama y era bastante habitual que un sábado, día de mercado en que la gente aprovechaba para ir a la ciudad, se formara una larga fila de personas que querían ser retratados por el fotógrafo. La colcha de su cama que utilizó como fondo para sus primeras tomas, fue sustituida por una colección de lo más variada y el artista llegó incluso a tener en su estudio coches, motos y otros aparejos con los que realizaba sus imágenes, además de un par de trajes de hombre de estilo europeo y zapatos o sombreros que los complementaban.

Keïta, que fue totalmente autodidacta, nunca había visto las fotografías de un fotógrafo extranjero. Él no había salido de su país y hasta allí no llegaban revistas francesas o americanas, sin embargo su instinto le hacía saber cuales eran las poses idóneas o la luz necesaria para realzar el vestuario o las joyas de las mujeres. Sus imágenes estaban fuertemente contrastadas y tan magníficamente reveladas que aún al cabo de los años no habían perdido color en absoluto. Siempre trabajó el blanco y negro por que las películas de color había que mandarlas a revelar a Francia y el prefería hacerlo por si mismo, pero también porque le gustaba, decía que las imágenes realizadas de este modo tenían más carácter.

Conservó todos sus negativos, que se estiman en alrededor de 100.000 y cuando Françoise Huguier le descubrió todos ellos estaban perfectamente guardados en cajas y etiquetados. Su obra contiene el testimonio de toda una época a través de sus múltiples personajes.





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