Hace unos días terminé de leer “Eramos unos niños”, la biografía de Patti Smith, o casi podría decirse la biografía compartida de Patti y Robert Mapplethorpe, ya que una buena parte del libro está dedicada a su vida en común. Era una asignatura que tenía pendiente, como tenía pendiente el escribir un artículo sobre ese polifacético artista que fue Robert Mapplethorpe.

Debo confesar que Mapplethorpe me fascina. Y no sólo como fotógrafo. Todo su personaje en sí, su fuerza vital, sus ansias de llevar la vida al límite aún dentro de su timidez, su deseo de experimentar, su fascinación por la belleza, su ambigüedad, su deseo de superación, todo en él era excesivo y al mismo tiempo insuficiente; siempre necesitaba más.

Nacido en el seno de una familia católica y siendo el tercero de seis hijos fue un niño travieso pero también estuvo sujeto a rígidas normas. Siempre supo que era un artista, era un dibujante nato del mismo modo que era capaz de componer cualquier cosa con sus manos. Disfrutaba montando y decorando broches, realizando collages, haciendo bocetos, cualquier cosa que requiriera de una mente creativa.

En 1963, Mapplethorpe se matriculó en el Instituto Pratt en las cercanías de Brooklyn, donde estudió dibujo, pintura y escultura. Influenciado por artistas como Joseph Cornell y Marcel Duchamp, experimentó con diversos materiales para la realización de collages de técnica mixta, incluyendo imágenes recortadas de libros y revistas. Fue su amiga y compañera Patti quien insistió para que realizara sus propias imágenes para incluirlas en sus obras. Sin embargo en un principio Robert no estaba interesado, entre otras cosas porque su economía no era muy boyante y la compra del material necesario para poder realizar las fotografías hubiese supuesto un coste mucho mayor que el que le exigían las revistas que utilizaba.

Sus primeras fotografías las tomó con una cámara Polaroid que le prestó un amigo y sus primeros modelos fueron Patti y él mismo. Al principio jugueteó con la cámara, no estaba convencido que aquello fuera lo suyo y aunque el mecanismo de la misma era muy sencillo las opciones eran limitadas. Aquello fue suficiente para que aquel hombre apasionado por todo tipo de arte se quedara totalmente enganchado a la fotografía. Poco tiempo después conoció a Sam Wagstaff, coleccionista y mecenas que paso a formar parte de su vida y que el día de su cumpleaños le regaló una Hasselblad. Ambos habían nacido el mismo día, el 4 de noviembre, con 25 años de diferencia y a cambio Robert le regalo a Sam una fotografía. Aquel primer intercambio simbolizó sus respectivos papeles como artista y mecenas, aunque con el tiempo Sam llegaría a ser mucho más al convertirse en amantes. 

La Hasselblad, una cámara de formato medio adaptada a la Polaroid, le permitía a Mapplethorpe una mayor flexibilidad y control sobre el uso de la luz y el poder intercambiar los objetivos le procuraba una mayor profundidad de campo, de ese modo Robert empezó a conseguir exactamente lo que quería. A partir de ahí, el resto de sus trabajos quedaron arrinconados y se dedicó en cuerpo y alma a la fotografía con resultados cada vez más atractivos. 

El mundo que rodeaba a Mapplethorpe estuvo siempre compuesto de los intelectuales más importantes de aquella época, músicos, poetas, pintores, escultores, todo tipo de artistas pasaron por el objetivo de su cámara, consiguiendo que nos dejará un maravilloso legado de retratos y aunque su obra está también repleta de naturalezas muertas, desnudos y provocativas imágenes, yo he querido mostraros hoy su faceta como retratista. Sin embargo si deseáis conocer más no tendréis ningún problema ya que la red está llena de páginas dedicadas a este singular artista. Para facilitaros un poco la labor, yo os dejaré al final un enlace a la página de su fundación. Como siempre os deseo que disfrutéis con las imágenes de Robert Mapplethorpe.

http://www.mapplethorpe.org/

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